← Volver a Experiencias
Experiencias

Aconcagua 2025–2026: 1ra

Por Sebastián Satke

Relato

Primero, quiero agradecer a Rodrigo por darme la oportunidad de trabajar otra temporada para Aventuras Patagónicas.

Aunque en uno de los emails le comenté que quería trabajar, si era posible, con José Purto. De hecho, todavía recuerdo cuando, con apenas diecisiete años, hizo su primer Aconcagua conmigo hace tiempo.

Así empezó esta expedición, la primera de la temporada 2025-2026.

El grupo era grande, por lo que se sumaba otro guía. Martín Campos, “El Cacho”.

Con Cacho nos habíamos conocido en temporadas anteriores, siendo él jefe de porteadores en Aconcagua Visión y yo guía independiente en algunas temporadas, y en otras trabajando para Aventuras Patagónicas.

Cada vez que lo veía, estaba trabajando en el campamento, o cargando una mochila que lo doblaba en tamaño.

Cacho no hacía mucho que había comenzado a asistir grupos, y José ya llevaba años trabajando en Aventuras Patagónicas como asistente.

Alexia, por otro lado, desde Mendoza sería la voz al otro lado del teléfono —o, mejor dicho, los mensajes al otro lado de la pantallita— cuando aparecieran problemas, cambios de planes o emergencias. También sería el contacto directo con Rodrigo y quien ayudaría a resolver todo aquello que, por suerte o por desgracia, debía solucionarse lejos de la montaña.

Primera tarea a realizar: las compras.

Con el dinero que nos entregó Alexia, Cacho, José y yo salimos a comprar toda la comida para la expedición. Y siendo que no había celíacos, vegetarianos, veganos ni personas con alergias graves, pudimos comprar la misma comida para todo el grupo.

Eso siempre simplifica mucho las cosas. Porque cuando hay que preparar una alimentación especial —sobre todo en altura— la logística se vuelve bastante más complicada. Una comida diferente significa listas separadas, controles adicionales y la necesidad de conseguir productos que no siempre aparecen donde uno los necesita.

Pero, como ocurre en montaña y como intento trabajar siempre, tarde o temprano terminamos encontrando una solución.

Segunda tarea a realizar: chequeo del equipo.

Había que revisar los vientos de las carpas, los cierres, las costuras y cualquier rotura que pudiera transformarse en un problema cuando ya estuviéramos en la montaña.

Luego llegaba el turno de nuestro propio equipo: la ropa, los botiquines y todo aquello que pudiera hacer falta si las cosas no salían según lo planeado.

Por último, cuando los clientes llegaran al hotel, tocaría controlar su equipo para asegurarnos de que cada uno tuviera lo necesario para afrontar la expedición.

Por suerte teníamos a Alexia para todo lo relacionado con permisos y trámites burocráticos ante la oficina y el personal del Parque Provincial Aconcagua.

Confieso que los papeles, formularios y ventanillas nunca fueron lo mío. Han sido, son y probablemente seguirán siendo algo tedioso, aburrido y agobiante.

Prefiero armar o desarmar una carpa en medio de una tormenta, a seis mil metros de altura, antes que ser atendido en una oficina pública.

Llegado el momento, con José y Cacho fuimos a chequear el equipo de la gente. La decisión fue ir los tres juntos, ya que teníamos no solo todas las compras hechas, sino también todo embalado y listo para que se lo llevaran las mulas.

Porque embalar el equipo es otro arte del que casi nadie habla. Y, como todo arte, requiere paciencia y atención.

Treinta huevos pueden parecer poca cosa hasta que uno intenta hacerlos llegar intactos después de varias horas sobre el lomo de una mula.

En el grupo había personas de distintas nacionalidades, culturas, profesiones y niveles de experiencia en montaña.

Algunos necesitaban alquilar mitones y alguna que otra cosa más.

Una vez que estuvo todo listo, el chofer, Pepe —o mejor dicho, “El Pepe”— pasó a buscarnos por el hotel un domingo a las nueve de la mañana.

Con todo el equipo en el carro y nosotros con los cinturones de seguridad puestos —no es que El Pepe sea mal conductor; simplemente es muy estricto con las reglas— emprendimos viaje.

Pero, como estamos en un país donde nunca se sabe qué puede pasar, uno puede encontrarse con un piquete, una protesta, una venta callejera de choripanes, jamón crudo, malabaristas o limpiaparabrisas.

Sin embargo, aquella mañana el problema fue otro.

Al llegar a Penitentes nos hicieron detenernos y esperar un supuesto “turno”.

Por eso decidí comenzar este álbum con ese video donde todos estamos aguardando instrucciones para continuar.

Nadie daba explicaciones. Nadie decía su nombre. Tampoco parecía haber demasiadas credenciales a la vista.

Había algunos “uniformados”, pero poco más.

Según nos dijeron, todo aquello era para ayudar a la circulación del tránsito. Lo extraño era que delante de nosotros la ruta estaba completamente vacía.

Ahora bien, qué era exactamente lo que estaba ocurriendo, todavía no lo sé. Y espero que no vuelva a repetirse.

Porque la gente no paga miles de dólares para viajar hasta una de las Siete Cumbres del mundo y encontrarse con una situación semejante.

Siguiendo con nuestra expedición.

En Confluencia, el equipo de Aconcagua Visión nos recibió como siempre —con excelencia—. Es la empresa que Aventuras Patagónicas contrata para estos servicios y también la que yo elijo cuando trabajo de manera independiente.

Al tratarse de una expedición corta, solo pasamos una noche en Confluencia, a una altura de 3.390 metros. Aunque el mismo día que llegamos, antes de la cena, tuvimos el obligatorio chequeo médico.

El chequeo no mostró ningún problema y todos recibieron el visto bueno para continuar.

A comer, hidratarse y dormir.

Pero esa noche, durante la cena, el grupo me sorprendió.

Comenté que me gustaba escribir, que tenía un pequeño libro en venta en Amazon, y como estaba en la traducción al inglés de ese libro, tenía en mi celular una versión a medias.

Algunos quisieron saber de qué se trataba, y le pedí a José que leyera. Él habla mejor inglés que yo. Comenzó.

El cuento empezaba con la muerte tomando mate, y arreglando la manija de la pava con un alambre.

Nadie hablaba. De golpe el celular pasó de mano, y uno continuó la lectura, después otro, y otro, hasta que el cuento dio la vuelta entera a la mesa como una ronda de mate.

Yo nunca lo había escuchado leído por nadie, y menos en inglés. ¿Qué puedo decir? Hasta ahora, mientras escribo, recuerdo el momento y me vuelvo a emocionar.

Al otro día, temprano, bueno... tampoco tanto.

Desayunamos en Confluencia y emprendimos el largo camino hacia Plaza de Mulas.

Sé de guías que piden el desayuno a las cinco de la mañana en Confluencia. Yo nunca me llevé bien con levantarme a las cinco de la mañana, y menos en Confluencia. Desayunar a las seis y media y salir cerca de las siete suele ser más que suficiente.

Gustos son gustos.

Pero dormir bien, para mí, es primordial.

Fueron entre ocho y nueve horas de caminata hasta Plaza de Mulas.

Se trata del primer día en que el grupo supera los cuatro mil metros de altura, y siempre tengo la regla de avanzar "charlando".

Si alguien camina muy agitado —con la excepción del día de cumbre— esa persona se está exigiendo de más, y lo más probable es que termine agotada o que aparezca un edema pulmonar.

Como digo siempre:

Un guía no puede controlar el pronóstico, pero sí el ritmo.

Prefiero llegar en nueve horas, o más, pero tranquilo, que en menos de ocho horas, hacer alarde de lo fuerte que está el grupo y que, pocas horas después, todos estén agotados.

Y una vez por encima de los cuatro mil metros, cada error puede pagarse caro. A veces, incluso con un edema.

Día siguiente:

Día de descanso en Plaza de Mulas, a una altura de 4.300 m.

Para nosotros era día de revisar equipo, ordenar comida, embalar y pesar cargas.

Después llegaba el momento menos simpático: repartir el peso entre todos.

Es ahí cuando mucha gente necesita porteadores. Porque, salvo que tengan muchísima experiencia —además de tener un cuerpo fuerte, pero en serio— en una expedición tan corta cargar más de veinte kilos día tras día suele ser una mala idea.

Y veinte kilos, a esa altura, se sienten como si algún bromista nos pusiera una pequeña piedra en la mochila, a cada paso.

Por suerte, todos utilizaron porteadores en algún momento de la expedición, reservando energía para lo verdaderamente importante: el día de cumbre.

Desde ese momento, la expedición se convirtió en una sucesión de decisiones. Mover, descansar o portear. El pronóstico no era especialmente favorable, aunque el grupo se sentía muy bien.

Con una excepción.

Una madre que había venido con sus dos hijos decidió, tras sentirse mal, poner fin a su expedición. Sus hijos decidieron acompañarla.

Paso a paso movimos desde Plaza de Mulas hasta Canadá, el Campo 1, a una altura de 5.050 metros.

Al día siguiente nos trasladamos a Nido de Cóndores, Campo 2, a una altura de 5.560 metros.

Los porteadores, como siempre, llegaron a horario y nos dejaron las carpas armadas en Nido.

Un lujo.

Una vez instalados en Nido, campamento donde sucede la magia, como me gusta pensar. Todos comían, dormían, se hidrataban y ninguno presentaba ningún problema grave como para pensar en una evacuación.

Si bien siempre hay dolores de cabeza, náuseas y hasta vómitos, es parte del juego, dentro de cierta medida.

Nadie llega a 5.560 metros y se siente como en el Caribe. Cerveza fría en la mano, arena blanca y los pies enterrados en ella.

No.

Estar a esa altura es incómodo.

Pero el cielo es verdaderamente único.

A la noche las estrellas parecen multiplicarse. Y el silencio se siente… casi palpable.

Y el atardecer... eso sí que es especial.

No existe televisor, pantalla IMAX ni tecnología capaz de reproducir esos atardeceres.

El día de descanso en Nido, con el grupo sintiéndose bien, pudimos jugar un poco en la nieve.

Caminar con crampones, tirarnos y practicar qué se siente clavar una piqueta para, en caso de una caída, intentar autodetenerse.

Aunque, para ser sincero, muchas veces alcanza con sentir bajo los pies lo incómodo que es caminar sobre nieve.

Eso, por sí solo, suele ser una buena introducción para lo que viene. Sin dejar de lado algo muy importante: la técnica de caminar con crampones.

Explicación y trabajo que se encargaron José y Cacho. Por cierto, de una manera impecable.

A todo esto, en el grupo había un japonés.

Hablaba poco. No por ser tímido, sino porque efectivamente no hablaba mucho inglés y menos español.

Por momentos caminaba tan despacio y hablaba tan poco que cualquiera habría pensado que tenía mal de altura.

Claro que cierta preocupación existía al respecto.

De hecho, en Nido acudimos al médico para un chequeo de rutina.

No mostró nada extraño.

A mis dos asistentes la situación les seguía generando cierta preocupación.

De todos modos, el verdadero problema era otro.

El pronóstico.

Según los informes y las distintas webs meteorológicas, para el día de cumbre se esperaban vientos cercanos a los cien kilómetros por hora.

Por supuesto, con ese viento una cumbre era inviable.

Surgió entonces la idea de adelantar un día el intento.

Pero, como dije anteriormente:

Un guía no puede hacer nada con el pronóstico.

Pero sí con el ritmo de la gente.

Y hablando con Alexia e incluso con Rodrigo, tomé la decisión de no adelantar al grupo.

No eran montañistas experimentados, ni deportistas de alto rendimiento, ni escaladores acostumbrados a moverse a esa altura.

Pero esa decisión la tomé observando lo que venía ocurriendo día tras día.

Mientras todas las webs marcaban para Nido de Cóndores vientos cercanos a los cincuenta kilómetros por hora, la realidad era que apenas teníamos una brisa.

Y así, comparando cada jornada los datos de los pronósticos con lo que realmente sucedía en la montaña, observé una tendencia.

Los modelos estaban sobreestimando el viento entre treinta y cincuenta kilómetros por hora.

Con tal decisión sobre mi cabeza como espada de Damocles, no había momento en que no dudara de haber tomado la decisión acertada. No teníamos segundas oportunidades.

Llegó el día de mover a Berlín, a una altura de 5.940 m, y todos llegaron muy bien. Aunque nuestro amigo japonés sorprendió a todos con su fortaleza, su ritmo y su prolijidad para hidratar… aunque a veces pareciera que no lo hacía.

Lo miraba de reojo: hidrataba sin que se lo pidieran, comía hasta el último fideo, dormía de un tirón. Cumplía cada requisito básico para la altura.

En Berlín cenamos a las seis de la tarde. Al día siguiente todo iba a comenzar como a las tres y media, cuatro, con el desayuno. Y lo que seguía… es uno de los días más duros en la vida de una persona. No exagero.

Día de cumbre

Se hizo la hora del desayuno, aún de noche. Y solo una brisa nos acompañaba.

Todos listos, comenzamos.

A pocos minutos, uno de ellos decidió volver a su carpa. Él solo quería sentirse bien, y eso de caminar con crampones, con mitones, campera pluma y mochila a más de seis mil metros, para él no era sinónimo de sentirse bien.

Cacho lo acompañó a la carpa, y al rato nos alcanzó.

El grupo iba bien. Todos a buen ritmo, tal vez un poco lentos, pero el día estaba despejado, no había viento y estábamos solos en toda la montaña. Eso para mí es una bendición. Por supuesto que ante una situación no deseada todo es más difícil, pero esa soledad hace que todo se torne más real. Cada paso no solo marca una huella sobre la nieve, sino que pareciera marcar una huella en el presente.

Seguíamos avanzando, pero José tuvo que bajar con parte del grupo. Bajó desde Piedras Blancas, a una altura de 6.200 m, pero luego tenía que volver a subir para alcanzar al grupo. Ardua tarea para él, pero así es el trabajo.

Horas después, con Cacho y el resto del grupo, seguíamos avanzando. Una vez en El Dedo, a unos 6450m, el viento se hizo sentir. Diría lo normal. Se pone frío, por supuesto. Todos teníamos hielo en el rostro.

A lo lejos, detrás nuestro, vemos una silueta delgada. Era José. A paso firme nos seguía, hasta que minutos más tarde nos alcanzó.

El viento soplaba. Aún gritando era difícil comunicarse, pero yo seguía hacia arriba, lento. Sabía que era un día de cumbre.

Faltaba "poco" —tal vez dos horas— para llegar a lo que se llama La Cueva, a una altura de 6.650 m. El japonés seguía con nosotros.

Pero esa sección se hace verdaderamente difícil. No por ser técnicamente complicada, sino por ser más empinada.

Fue cuando le dije a Cacho que yo seguía con Richard, porque si seguíamos a ese ritmo se iba a perder toda posibilidad de cumbre.

Lamentablemente, hay horarios que respetar. Uno no quiere llegar de noche a la cumbre cuando se trata de una expedición comercial.

Seguridad: eso es lo que un guía es. Seguridad, ante todo.

Cuando se habla de una expedición deportiva, personal o como quiera llamarse… todo es válido y esa palabra tan maravillosa se hace presente: "libertad".

Pero… la mayoría de las veces esta hermosa palabra no va de la mano de la seguridad. De hecho… si pensamos en el montañismo en sí, tampoco va de la mano de la seguridad… pero es hermoso, y con eso sobra.

Volviendo a la expedición, Cacho bajó con parte del grupo. José los acompañó. Richard y yo seguimos.

Ese día, cerca de las 17 hs, tarde, hicimos cumbre. El día seguía totalmente despejado. No había viento, y fue imponente estar una vez más ahí, sin más personas, en la inmensidad de la cordillera a casi siete mil metros.

No hay palabras.

Estuvimos cerca de 40 minutos en la cumbre. Y la bajada fue solo en tres horas.

Más de doce horas subiendo y solo tres de bajada. Otro lujo.

—Las piernas no son un problema para mí. Sí la altura —fue lo que me dijo Richard a la hora de bajar. Claro: cada metro era un metro más abajo, y su fuerza parecía volver.

Y siendo siempre la bajada el momento más peligroso, en este caso fue un paseo a paso firme.

Una vez en Berlín, los demás integrantes nos recibieron con un fuerte abrazo, pero yo quería comer y tomar litros de algo caliente. Y con ese humor de gato al que le agarró la lluvia, cuando José me alcanzó un plato de fideos, solo le dije: —¡Está frío!

O algo similar, o peor. No recuerdo bien.

José no había parado de trabajar desde las 3 de la mañana. Y yo, agradeciendo ese plato con un "está frío", serio, casi enojado se lo dije.

Por un par de horas, fuimos dos hermanos enojados. El pobre refunfuñaba cada vez que me veía.

Al otro día, nos despertamos y el viento sí se hizo notar. Prácticamente huimos de Berlín, llegamos a Plaza de Mulas y hoy… es un maravilloso recuerdo impreso en nuestro hipocampo. Sin algoritmos ni pantallitas. Solo el frío, la noche, las estrellas, el viento que parece cortarte la cara, y risas. Siempre... risas en la montaña.

Fotos
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Aconcagua 2025–2026: 1ra
Índice
Subir